Nace un 28 de
noviembre de 1956, en el barrio porteño de Caballito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
(Argentina), su actual lugar de residencia. Luego de un prolongado paréntesis,
retoma su pasión por la escritura a mediados del año 2004.
Admirador de los clásicos cuentistas como: Edgard Allan Poe, Ernest
Hemingway, Julio Cortázar, Horacio Quiroga, Jack London y una lista por demás
extensa, se dedica a la prosa y la poesía
Colabora asiduamente con: ALMIAR Margen Cero (España), Alma de Luciérnaga
(Israel), Resonancias Org. (franco-argentina), Herederos del Caos (USA) Azul
Arte (Inglaterra), Uchronicles de Giampietro Stocco (Italia).
Así también
tiene publicaciones en revistas digitales (Hotel Tomás, Los discípulos, Axxón,
El Fausto, MiNatura)
Sus websites: http://elescarabajoliterario.com/
Reconocimientos
En marzo del 2005, su cuento “Instrucciones para el sepelio de
una mula” fue portada de Proyecto
Scherezade, de la Universidad de
Manitoba, Winnipeg, Canadá.
El mismo año obtiene el Segundo Premio, en el concurso
organizado por la Asociación de Arte y Cultura
de Merlo (República Argentina) con “Noche de bruma y silencio”
También en ese año su cuento “El hombre de marrón del fondo de mi casa”,
obtuvo Primera Mención de Honor, en el concurso organizado por El
Grupo Fausto (España)
En diciembre del 2006, se publicó
su cuento: “De la vida de las cucarachas” una vez más en Proyecto Scherezade.
En diciembre del 2007 en el mismo
sitio se publica: “Hábitos nocturnos”
A mediados del 2009 su cuento “Los visitantes de Marte” obtiene Mención
de Honor en el Premio Andrómeda de Ficción Especulativa
(España)
En el mismo año el cuento “Desmemoria” es finalista en el Concurso
de Relatos Breves de “La lectora impaciente” de Adriana
Serlik (Gandía, España)
En el 2010 el cuento “Pleamar” obtiene el Primer
Puesto en el Concurso de Narrativa Sin Fronteras de
Letras
Kiltras (México D.F.)
Antologías
El cuento “Insensatez”
figura en la antología “Los rostros y las tramas” de Editorial
Dunken, seleccionado por el escritor y poeta César
Melis.
El cuento “Noche de bruma y silencio” figura en la antología editada por la Asociación de
Arte y Cultura de Merlo. (Segundo Premio Narrativa)
El cuento “Navegando Sueños” es publicado en la Antología “Una
imagen en mil palabras” de la Casa de la Cultura (Arts
Creatio) de Torrevieja, España.
A comienzos del año 2009, la editorial “Ediciones Irreverentes” (España) publicó la antología “La agonía del nirvana”
dónde figura su cuento: “Una noche habitual en la ciudad sin alma”
Humaredas
“Dios no juega a los dados”
(Albert Einstein)
Un probable destino es tan
irracional como el supuesto azar. Entonces la pretendida existencia de uno no
debería negar la presencia del otro. De hecho, si el tiempo fluye desde algún
pasado hacia el hipotético presente y desde ese presente al incierto futuro,
nada parecería indicar que desde ese futuro se haya tejido un plan inmutable
hasta llegar a él. Pero, ¿si incluso pudiéramos saber con certeza cómo van a
caer los dados? ¿Cuál sería la diferencia? Azar y destino parecerían ser dos
vías paralelas y alternativas que echan a suerte nuestras vidas.
Siempre descreí de las
casualidades, por lo tanto debe haber sido una serie de prodigiosas
causalidades las que me depositaron en el cuarto de aquel hostel sobre Atlantic
Avenue, en esa parte de Brooklyn conocida como Bed-Stuy (Bedford-Stuyvesant);
un juego de palabras y pronunciaciones que se podría traducir como “permanecer
en cama”.
Hacía el año 1936 el metro
neoyorquino construyó la extensión de la línea de la calle Fulton: la línea A.
Conectaba, atravesando desde el norte de Manhattan hasta el oriente de
Brooklyn, el Harlem con Bedford, por ese motivo muchos afroamericanos
decidieron mudarse a Bed-Stuy, que estaba menos superpoblado. Un acontecimiento
cultural que quedaría perpetuado años más tarde en un jazz estándar de Billy
Strayhorn llamado “Take the A train” (“Toma el tren A”), que a la postre
resultó ser un clásico de apertura a los shows de Duke Ellington y Ella
Fitzgerald.
Por lo tanto Bed-Stuy tenía, para
mi gusto, un agregado socioantropológico cultural más interesante que el
componente meramente turístico. Nunca me atrajo demasiado buscar la estatua de
“Alicia en el País de las Maravillas” en el Central Park, ni allegarme hasta la
entrada del Dakota Building o, por caso, conocer el Frank Sinatra Park en
Oboken.
Mis mañanas comenzaban bien
entradas las 10 am, por lo tanto otra de mis misteriosas causalidades había
logrado que estuviera antes de las 7 am en la esquina de Atlantic Av. con
Clinton Street para ser testigo de una de esas escenas donde la realidad
transcribe a la ficción. Un hombre de mediana estatura, algo enjuto, calzado
con zapatillas de tenis, ataviado con jeans, una sudadera azul con capucha y
una gorra de los Mets, estaba acomodando en un trípode una cámara fotográfica,
que a la distancia me pareció una vieja Leica de 35 milímetros, apuntando a la
ochava este del cruce de la avenida con la calle Clinton. Por instinto miré mi
reloj de pulsera, faltaba poco más de cinco minutos para las siete de la mañana
en punto. Contuve la respiración y quedé expectante como un cazador que acecha
a través de tupidos centenos. Paradójicamente, mi supuesta presa también adoptó
la pose típica del predador. La tensión que se reflejaba en los músculos del
cuello, la intensa pasividad corporal y la mirada concentrada en su objetivo. A
las siete antes de meridiano exactas escuché el inconfundible sonido metálico
del disparador de la cámara. El tipo sonrió satisfecho, guardó la cámara en un
estuche de cuero, cargó el trípode al hombro y marchó rumbo a Court Street.
—¿Será él?
Decidí que no tenía nada más
interesante que hacer aquel día y lo seguí.
El sujeto dobló por la calle
Court hacía la derecha, como si fuera al complejo del metro Court-Borough Hall,
pero a unas pocas cuadras se detuvo frente a un negocio cerrado. Era un
drugstore especializado en tabacos. Con parsimonia abrió los cerrojos y entró
cargando sus aparatos. Al rato acomodó en la vereda una máquina expendedora de
golosinas, de esas que traen premios, y con una larga vara bajó el toldo de la
entrada.
Sin pensarlo demasiado me dirigí
a paso vivo hacía aquel negocio. Al entrar sonó la típica campanita colgada
sobre el dintel. El hombre estaba detrás del mostrador acomodando algunas
mercaderías.
—Good morning —saludó.
—Good day —respondí.
Me miró algo extrañado, para
luego seguir con sus tareas.
El almacén, aunque incomparable,
era tal y como lo había imaginado. Estaba abarrotado hasta el techo de todo
tipo de menudencias, licores, bocadillos, refrescos y cigarros. Además disponía
de algunas mesas para tomar un desayuno, una comida ligera o un trago. Las
neveras atiborradas de latas de cerveza, sándwiches envasados al vacío,
legumbres congeladas y sorbetes. En el extremo del mostrador había un exhibidor
de puros, pipas y tabaco para las mismas. En el centro del escaparate estaba el
tesoro que yo intuía que no debía faltar: unos delicados puritos holandeses.
—Can I help you?
En mi inglés, poco menos que
decente, le dije que sí; que deseaba un emparedado de jamón y queso, un café
negro sin azúcar y una dona glaseada.
Poco a poco iban llegando los
primeros clientes de la mañana. Algún viejo, en apariencia jubilado; con su pijama,
las pantuflas y el periódico abajo del brazo. Un par de taxistas bulliciosos
que, luego de trabajar toda la noche, iban a desayunar antes de acostarse. Una
mujer luchando con su bolso, el atado de cigarrillos y un niño que había
decidido tomar por asalto el exhibidor de golosinas. Tuve la inefable sensación
de que en cualquier momento entraría un tipo alto, de ojos saltones y aspecto
de intelectual para reclamar por sus cigarritos holandeses.
El hombre se acercó con mi
pedido. Acomodó con prolijidad la taza con café, el sándwich y la dona. Luego
me ofreció un periódico y si deseaba algo más. A decir verdad, sí lo deseaba:
—Disculpe, ¿usted es Auggie?
Me dedicó una mirada intensa
mientras sopesaba la respuesta.
—No, yo no me llamo Auggie.
Pasó un trapo sobre la mesa y se
retiró para atender a otros clientes.
Estuve escudriñando el periódico
tratando de desentrañar las informaciones que, debido al rudimentario uso del
idioma, me llegaban fragmentadas. No dejaba de ser un ejercicio interesante.
Cuando consideré que ya me había
aburrido lo suficiente le solicité la cuenta, la cual trajo presuroso.
—¿De dónde es usted? —interrogó
secamente.
—De Argentina —respondí con su
misma sequedad.
—¿Qué hace tan lejos del hogar?
—Verá, soy escritor —dije forzando
mi capacidad lingüística al límite—. Me gusta viajar, conocer otras culturas,
encontrar nuevos ambientes y escuchar historias.
El hombre se sentó a mi mesa pues
el almacén estaba en un momento de relativa calma.
—¿Le gusta escuchar historias? —dijo
con un brillo pícaro en la mirada—. Aquí lo que sobra son historias.
—¿Por ejemplo? —respondí con aire
conspirativo.
—¿Por ejemplo? —quedó pensativo—.
Historias de rateros huidizos, de carteras perdidas, ancianas ciegas o de cenas
navideñas entre solitarios. Usted elige.
En principio pensé que se estaba
burlando, que era algún tipo de espíritu bromista.
—Aunque usted no lo crea, en esta
misma mesa, lo ayudé a un famoso escritor que sufría un bloqueo a concluir una
historia que no deseaba escribir. ¿Le interesa?
Pese al brillo malévolo de sus
ojos, yo sabía que aquel tipo no se burlaba ni estaba fantaseando.
—¿O prefiere ver mis álbumes de
fotos?
Decidí aceptar el convite.
Volví a la hora del cierre. Mi
anfitrión me esperaba con los álbumes prolijamente apilados sobre una mesa y un
par de Budweiser heladas al lado.
Las fotos eran tal como las había
imaginado. Retazos de vida aprisionados en blanco y negro. Los rostros, con
diferentes expresiones y estados de ánimo, repitiéndose a la misma hora durante
meses y años. Un meticuloso estudio antropológico de la rutina abrumadora de la
gran ciudad.
Estaba analizando los retratos
del tercer álbum cuando reparé en una fotografía que era a color, algo desvaída
y ajada y que no guardaba relación con el resto de la obra. Estaba pegada al
final de la carpeta.
—¿Y esta? —pregunté.
—Bueno, los vecinos saben que soy
fotógrafo aficionado —susurró con tono cansado—. Además tengo un pequeño
laboratorio de revelado. Son pocas las personas que siguen usando el método
artesanal de revelado, ahora todo es digital. Entonces suelen traer viejos
negativos para restaurar...
La fotografía en cuestión era un
cuadro familiar de extraña composición en un jardín pletórico. Parecía un
matrimonio con sus dos hijas. Las niñas miraban a cámara sonrientes. Daba la
sensación de que estuvieran por hacer alguna payasada que la toma dejó trunca.
La madre, por el contrario, parecía mirar a sus hijas. Pero no se veía
felicidad en su rostro, sólo una mirada ausente y pensativa. Pero la pose más
rara era la del padre. No miraba ni a las hijas ni a la esposa. Tampoco
sonreía. Su mirada angustiada se perdía hacía un costado, como si viera alguna
cosa amenazante por detrás de la cámara fotográfica. Su pose daba la sensación
de tender a la invisibilidad, casi como si fuera un fantasma.
—Me la trajo una vecina que vivía
cerca de aquí —agregó sin que yo hiciera más preguntas—. Esa foto tiene una
historia que comienza en su país.
—¿En Argentina? ¿Cómo? —pregunté
incrédulo.
Parece que había estado esperando
aquel momento. Dio un largo sorbo al porrón y comenzó la historia.
—La familia de la foto vivía en
Argentina. Ella, Rebecca, era arquitecta y él, David, ingeniero. Tenían un
estudio compartido y abundante trabajo. Pero a finales de los setenta y
comienzos de los ochenta en su país la situación social y política era
insostenible.
—La guerra sucia, el terrorismo
de Estado —balbuceé.
—Exacto —asintió con la cabeza—,
ellos eran judíos y un probable blanco de los paramilitares de derecha. Decidieron
emigrar a Israel ayudados por algunos familiares. Comenzaron una nueva vida y
no les iba nada mal. Las niñas se adaptaron a las nuevas amistades. Tampoco
sufrieron con el cambio de los planes de estudio, ya que hablaban inglés y
hebreo con fluidez. Ellos consiguieron trabajo en una constructora
internacional que desarrollaba nuevos barrios en Palestina. Todo parecía bajo
control.
—¿Parecía?
—Una noche una pareja de amigos
los invitó a cenar a un restaurante árabe en Tel Aviv —prosiguió como si no me
hubiera escuchado—. En un momento de la velada Rebecca debe acudir a los
sanitarios. Cuando está regresando escucha un griterío y una voz que se alza
sobre las demás: “Alá es grande”. Su último recuerdo es una terrible explosión,
pedazos de mampostería que caen sobre ella y una ola de calor que la abrasa.
Despertó algunos días más tarde en una sala del Assuta Hospital de Tel Aviv.
David no pudo sobrevivir al ataque terrorista.
—¿Qué pasó con Rebecca?
—Ahora vive en París —entornó los
ojos antes de agregar—, se volvió a casar con un concertista francés. La vida
resiste, aun con la cercanía de la muerte.
—¿Y las hijas? —pregunté.
—Hanna vive en un kibbutz cerca
de Haifa, está casada y tiene dos niñas —hizo una breve pausa—. Sara era mi
vecina. La que me trajo la foto para restaurar.
—Era su vecina —dije pensativo—,
¿se mudó?
—No —su mirada pícara se apagó
antes de agregar—, trabajaba en la Torre Dos del World Trade Center.
Tweet |
1 comentarios:
Vaya que escribís bien amigo! como narradora me siento prendida con cuentos e historias. Me dejo enredar por las palabras y por los supuestos, y por lo que vendrá en el renglón posterior. Gracias por esta publicación.
Lily Chavez
Publicar un comentario
GRACIAS POR TU COMENTARIO -EL ESCARABAJO LITERARIO-